Para mi hermana Guillie que tanto quiere a su equipo
Liga MX — Torneo Apertura 2015
Final vuelta
Pumas UNAM vs Tigres UANL
Diciembre 13, 2015
Estadio Olímpico Universitario
No, no es tu nombre el que ocupa los titulares. No, no son tus jugadores los que festejan. Y no, no eres tú el campeón. Y, sin embargo, Puma, el espíritu que demostraste anoche merece un lugar propio en el historial de los recuerdos.
No se te puede comprender en la justa medida sin entender de dónde venías. Fuiste luz en la fase regular, porque terminaste como superlíder, manteniendo la posición durante las últimas seis jornadas, y con argumentos bastantes: más partidos ganados, más tantos anotados, mayor diferencia de goles. La Liguilla, no obstante, fue otro cantar. Oscuridad.
Todo empezó en los cuartos contra Veracruz. Ese empate global a unos frente al Tiburón, que había calificado en octavo, nos hizo recelar un poco. La realidad es que pasaste a la siguiente ronda sólo por tu posición puntera en la tabla general y nada más.
Pensamos que el bajón era normal y que seguramente recompondrías el camino ante el América. No fue así. Qué semifinal tan espantosa y sufrida, lo mismo en El Gallinero que en CU.
Allá ganaste 3-0 en circunstancias polémicas: el tanto legítimo que te anularon, las dos expulsiones de los contrarios, tus goles muy tardíos. Acá, las Águilas se nos metieron hasta la desgraciada cocina: aunque de nuevo les expulsaron a dos, lograron marcar tres goles y se quedaron a uno de eliminarnos.
La libramos apenas y no pudimos evitar cierta inquietud por la gran final. Partido de ida en El Volcán, el temible estadio de los Tigres, contra ese viejo lobo de mar que es el Tuca Ferreti y su equipo felino que era, sin lugar a dudas, el mejor armado de la liga.
Qué noche tan amarga e irritante. Con ganas de jitomatear el televisor y revolcarnos luego en magueyes. Nuestros peores temores se materializaron. Los de la Autónoma de Nuevo León, con inminente vocación ofensiva, parecieron mucha pieza para nosotros. La verdad, sin exagerar, es que nos pasaron por encima y nos dejaron en franco ridículo.
Y mira que no fue la goleada 3-0 lo que más me dolió sino tu desempeño escandalosamente pobre, decepcionante, irreconocible. Eras, sin exagerar, un fantasma en pena y de pena.
Lo dije en su momento y no me voy a desdecir ahora: el Guillermo Vázquez se equivocó terriblemente. No, no, no, no: no era así la cuestión. Lo sabemos todos y lo sabe él también.
¡¿Pero qué clase de broma macabra es esta, señor entrenador?!… ¡¿Qué demonios con ese futbol encogido y pusilánime?!… ¡Suelte al Puma, carajo!… ¡Quítele las correas, por favor!
Pero el señor entrenador no te soltó. Aquello no acabó en carnicería peor gracias a la intervención de nuestro portero. El Tigre, sin embargo, nos había herido profundo. Tu liderato fue seriamente cuestionado por propios y extraños. La mayoría, obvio, nos dio ya por sentenciados, moribundos y casi que por enterrados.
Y entonces venimos al glorioso Estadio Olímpico Universitario al partido de vuelta, con la camiseta bien puesta desde la mañana como para ir invocando la hazaña: anotarle tres goles a la mejor defensa del torneo y no recibir ninguno, solamente para poder continuar en la batalla.
Después de tus cinco partidos en Liguilla y de lo exhibido por el adversario, esa hazaña tenía más pinta de milagro guadalupano que de heroico acto. Porque seamos honestos: nos habíamos desplomado del cielo al infierno en caída libre. Estábamos básicamente en el hoyo. O, para seguir con la metáfora, en la tumba.
Y de esa tumba, como Lázaro, te levantaste.
Qué maldita ansiedad. Qué maldita angustia. Qué maldito estrés. Si bien es cierto que desde el inicio te vimos una actitud distinta, que te vimos los intentos y las ganas, también lo es que los minutos se iban en blanco, estériles y frustrantes.
Confieso que se lo dije a mi hermana: Si el Puma no anota antes del medio tiempo, olvídate, ya no la va a armar. Y entonces, como si me hubieras escuchado, marcaste el primer gol a punto del descanso. El moribundo, señoras y señores, respiraba.
Desde ahí, contra todos los pronósticos, fuiste cuesta arriba y conseguiste lo que nadie imaginaba. Y lo conseguiste dos veces, con el reloj agonizando:
Igualaste el marcador global 3-3 en el 87’ para llevarnos a los tiempos extras.
Y luego en la prórroga, con un hombre menos, volviste a emparejar 4-4 al 119’ para alargar la contienda hasta los tiros penales.
En esta casa gritamos cada una de tus anotaciones como para que se enteraran todos los vecinos de la cuadra. Pero nuestro clamor por esos dos goles al filo, que daban cuenta del tamaño de tus agallas y de tu tenacidad, se escucharon en toda la Narvarte y colonias aledañas.
Nunca había gritado unos goles de ese modo. Me destrocé la garganta, literalmente. Además, mis bronquios enfermos y jodidos no tenían capacidad para proveer el aire que demandaban esos alaridos exacerbados de júbilo. Me dolió la cabeza, me dio taquicardia, ataques de tos. Terminé hiperventilando en el piso.
Las lágrimas de emoción y coraje. El abrazo frenético con mi hermana, sus palabrotas enardecidas, su Goya desde el balcón a todo pulmón. Corrí, brinqué, bailé, me torcí el cuello. Ya sé: yo ya no estoy en edad de festejar así, pero no era para menos ni podía ser de otra manera.
En estricto sentido, tu juego no fue técnicamente brillante, pero incomodaste al Tuca y preocupaste a tus oponentes, porque al Tigre, amplísimo favorito, le costó 103 minutos anotarte un gol. Y eso no le alcanzó.
Los tiros desde los once pasos son, parafraseando al maese Juan Villoro, algo tan honorable como resolver un duelo de esgrima con bazucas. Y esa forma extrema para destrabar un empate y determinar a un vencedor, desafortunadamente no la ganaste.
Y entonces sucedió algo muy curioso: a diferencia de mi hermana, a mí no me pegó la tristeza ni el enfado. Pero no porque esperara tu derrota o porque no me importara. Aunque ciertamente una se va curtiendo a fuerza de descalabros y sabe que en esos lances todo puede pasar, mi sentir era muy distinto.
Dejé la transmisión televisiva para verte subir al pódium a recibir tu medalla. Y al mirarte lo comprendí: lo que habías hecho en los 120 minutos previos valía mucho más para mí que el resultado final y que tus otros 22 partidos juntos.
Las batallas se pierden o se ganan. Pero para eso hay que pelearlas y nadie puede cuestionar que tú peleaste. Nadie puede negar tu nobleza, Puma. Jugaste con la garra que corresponde a tu estirpe, a tu raza, a tu mística legendaria. Así se juega una final. Así se deja la piel en el campo. Así es cómo se vende muy cara una derrota.
Sí, estuvimos muy cerca. Y claro que me cala que no fueras tú quien levantara la copa. Pero ni creas que te compadezco. No pienses ni por un segundo que siento pena por tus jugadores, por mí o por el resto de tu afición. Al contrario: debes saber que nunca me he sentido más orgullosa de ti.
Y te agradezco el esfuerzo, la entrega, tu entereza. Te agradezco que no te rindieras a pesar de tus limitaciones y que resistieras con el corazón de una verdadera fiera.
No, no eres tú el campeón, pero hoy propios y extraños hablan de ti con respeto y admiración. Así que levanta la cabeza, Puma, y porta tu medalla de subcampeón con absoluta dignidad. Con la misma dignidad con que tus aficionadas y aficionados te aplaudimos.
Y no hay mejor madrugada que esta para reiterar aquellas palabras que escribí a propósito del campeonato del 2011:
Para mí, ser Puma es una identidad y una distinción. No visto tu playera nomás porque vas a jugar o porque voy a ir al estadio: me la pongo porque representa los colores de mi corazón, y expresa quién soy y con quién estoy. Sí, te presumo y me presumo.
Ser Puma es seguirte a larga distancia o poniéndome unas desmañanadotas y unas asoleadotas para estar contigo en CU.
Ser Puma es entonar el Himno universitario bien fuerte y con el puño en alto, aunque cante feo y desafinado.
Ser Puma es ladrarle furiosa al árbitro, abuchear al contrario, rugir el GOYA como un grito de guerra, como un conjuro ritual, como una catarsis eufórica.
Ser Puma es pegarte de gritos y gritotes desde la tribuna o frente a la pantalla del televisor, para alentarte, para regañarte, para darte las indicaciones técnicas como debe de ser.
Ser Puma es cantarte y recantarte CÓMO NO TE VOY A QUERER, con la misma intensidad en la emoción de la victoria que en la rabia de la derrota.
Ser Puma, pues, es celebrarte, sufrirte, serte fiel. En las buenas, en las malas y en las peores. Siempre.
HERMANA:
¡¡MÉXICO, PUMAS, UNIVERSIDAD!!
¡¡GOOOOOOYA!!
