Para comprender por qué los megaeventos deportivos o los eventos deportivos de alto perfil (incluyendo los de futbol) han sido blanco de amenazas y ataques terroristas es necesario remontarse a los Juegos Olímpicos de Múnich 1972: qué fue lo que sucedió, cómo sucedió, en qué contexto sucedió y cuáles fueron sus consecuencias.
Esos Juego Olímpicos, ciertamente, se recuerdan como uno de los capítulos más oscuros en la historia deportiva. Los logros de los atletas fueron ensombrecidos por el ataque palestino contra la delegación israelí. Este incidente, a la postre, tendría profundas repercusiones en diferentes ámbitos. Los juegos nunca volverían a ser los mismos. Y el mundo tampoco.
Die Heiteren Spiele: los juegos de la alegría
Los Juegos Olímpicos de Múnich 1972 se celebraron del 26 de agosto al 11 de septiembre en la Alemania Occidental, con la participación de 7134 atletas provenientes de 121 países y la asistencia de aproximadamente cuatro mil periodistas.
El evento no era poca cosa para Alemania: sería la primera vez que tendría oportunidad de presentarse al mundo con una imagen diferente después de la Segunda Guerra Mundial y los Juegos Olímpicos de Berlín 1936 que habían sido utilizados por los nazis con fines propagandísticos. El gobierno anfitrión, pues, quería borrar esa memoria negativa y proyectarse como un país moderno, amigable y democrático.
Resultaba muy significativo que la sede fuera precisamente Múnich, la ciudad que había sido cuna del nazismo. Y resultaría significativo, también, que fueran los primeros Juegos Olímpicos que se transmitieron por televisión a Israel.
Israel y Palestina
El territorio que se localiza en la costa sureste del mar Mediterráneo, al oeste de Asia, histórica y geográficamente se denomina región de Palestina. Esa región, desde el año 3300 AC y hasta mediados de 1948, casi siempre fue parte de algún reino o imperio y en ella, a lo largo del tiempo, coincidieron diversas etnias, culturas, religiones, civilizaciones.
El origen del conflicto entre israelíes y árabes palestinos se remonta a finales del siglo XIX, con el surgimiento de movimientos nacionalistas de uno y otro bando que reclamaron para sí la misma tierra y comenzaron a enfrentarse por el derecho a establecer una nación propia en la región de Palestina.
En el marco de la Primera Guerra Mundial, además, Gran Bretaña prometió tanto a palestinos como a israelíes (por separado) que apoyaría la formación de sus respectivos estados en la región de Palestina. Esas promesas, difícilmente compatibles, no serían cumplidas, porque al finalizar la guerra una parte de Medio Oriente se dividió entre Gran Bretaña y Francia en la modalidad de territorios bajo mandato.
En noviembre de 1947, la Organización de las Naciones Unidas aprobó un plan de partición de la región de Palestina ——que en ese momento se encontraba bajo el mandato de Gran Bretaña—— con el objeto de formar un estado judío (Israel) y uno palestino (Cisjordania y la Franja de Gaza), mientras que Jerusalén quedaría bajo administración internacional.
Los palestinos y los países árabes rechazaron la medida. Israel hizo efectivo el plan: el 14 de mayo de 1948 declaró su independencia y se estableció como Estado.
Entre 1947 y 1970, Israel y diferentes países árabes se combatieron en una serie guerras y otras confrontaciones violentas de menor escala que produjeron éxodos masivos, inmigraciones y el recrudecimiento de los conflictos sectarios.
En 1967, después de la guerra de los Seis Días, Israel ocupó la totalidad del territorio que técnicamente correspondía a los palestinos: Franja de Gaza, Cisjordania y Jerusalén del Este. Para 1972, en vísperas de los Juegos Olímpicos, estos territorios estaban bajo el control de Israel y no existía un Estado palestino. La realidad es que hasta entonces nunca había existido.
El terrorismo
A finales de los años sesenta y principios de los setenta se registran incidentes terroristas en diversas partes del mundo, como Irlanda del Norte, Francia, España, Italia, Japón, Canadá y Estados Unidos al igual que en varios países de América Latina. En su mayoría se trata de terrorismo doméstico: grupos de extrema derecha o izquierda, movimientos revolucionarios, etnonacionalistas, separatistas o de liberación, militantes en contra de la guerra, fanáticos religiosos.
La detonación de bombas de distinto calibre, así como los secuestros de aviones y los ataques con explosivos a aerolíneas, son frecuentes. Los movimientos seculares palestinos comienzan a atacar civiles fuera del área inmediata de conflicto.
La seguridad en los Juegos Olímpicos
El Comité Organizador comisionó al jefe de la policía de Múnich para que organizara, supervisara y dirigiera las operaciones de seguridad del evento.
Para ayudar a promover la nueva imagen no militarista de Alemania, la seguridad fue deliberadamente muy relajada y discreta. El despliegue de las fuerzas del orden con toda su parafernalia no era apropiado para crear una atmósfera pacífica, así que se prohibió la presencia policiaca en los escenarios olímpicos.
La vigilancia, pues, estuvo a cargo de 2130 hombres y mujeres, sin armas, que vestían elegantes trajes en azul claro, un color que había sido elegido porque era acorde con el espíritu alegre diseñado para el evento. Este cuerpo de seguridad civil estaba integrado esencialmente por oficiales voluntarios que eran deportistas o que estaban interesados en los deportes y que habían sido reclutados de las filas de la policía o la patrulla fronteriza, con un entrenamiento muy básico para manejar situaciones menores.
La seguridad en la Villa Olímpica siguió el mismo patrón del evento. Además de algunos guardias en las entradas y patrullajes nocturnos esporádicos, la mayor protección con que contaba era una cerca enrejada de dos metros de alto que rodeaba el complejo habitacional. La principal responsabilidad de los guardias era controlar el acceso y el tráfico para impedir los ingresos no autorizados. Oficiales israelíes se quejaron en varias ocasiones de que la seguridad era muy pobre en la Villa Olímpica, pero su queja no surtió ningún efecto.
Los organizadores habían elaborado su plan de seguridad con base en eventos deportivos similares previos. Su enfoque, por tanto, no había sido prevenir actos terroristas, sino evitar, sobre todo, manifestaciones, como las ocurridas en el contexto de los Juegos Olímpicos de México 1968.
Georg Sieber, psicólogo de la policía de Múnich, desarrolló 26 escenarios críticos para la seguridad del evento. El escenario número 21 suponía un ataque palestino a atletas israelíes en primeras horas de la mañana. Sieber sugirió que, por razones de seguridad, los atletas no fueran divididos por nacionalidades en la Villa Olímpica, sino por deporte, pero el Comité Olímpico Internacional (COI) se opuso a la idea.
Semanas antes de la inauguración, el hombre que ideó el ataque contra la delegación israelí llegó a Múnich y sus movimientos no pasaron desapercibidos: la policía de Dortmund, así como varias agencias extranjeras, alertaron a las oficinas de seguridad nacional e investigación criminal sobre su presencia y un posible incidente: Presunta actividad conspiratoria de terroristas palestinos. Todo indica que la alerta fue ignorada.
El ataque
04:30-12:00
En la madrugada del martes 05 de septiembre, alrededor de las 04:30, ocho miembros de la organización palestina Septiembre Negro ingresan a la Villa Olímpica saltándose la cerca enrejada; un grupo de atletas, que habían salido a divertirse, estaban haciendo lo mismo e incluso les ayudaron. Es increíblemente fácil.
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Septiembre Negro Organización militante palestina fundada en 1970-1971 como una facción de Fatah, organización política y militar de árabes palestinos, que formaba parte de la Organización para la Liberación de Palestina, cuyo objetivo era arrebatar el control de Palestina a Israel librando una guerra de guerrillas. Aparentemente disuelta en 1974. |
Los atacantes llevan bolsas deportivas con armas, granadas y otros materiales, y se dirigen al edificio 31: saben perfectamente en dónde está y saben, también, que ahí duerme la mayor parte de la delegación de Israel. Toman como rehenes a cuatro entrenadores, dos referees, dos luchadores y tres levantadores de pesas. Los reúnen a todos en el departamento 01.
Durante los asaltos, dos integrantes más del representativo olímpico israelí logran escapar, por separado, y son ellos quienes alertan a las autoridades.
Un entrenador y un levantador de pesas, en diferentes momentos, se enfrentan a los atacantes, pero son asesinados. El cuerpo del entrenador es lanzado afuera del edificio como prueba. El cuerpo del atleta es colocado a los pies de los rehenes como advertencia. Los rehenes son recluidos en una habitación, atados por las muñecas y los tobillos y entre ellos.
Poco después de las cinco de la mañana, los atacantes dan a conocer su demanda y, sorprendentemente, no tiene nada que ver con la ocupación israelí de los territorios palestinos. Lo que piden es la liberación de 234 palestinos encarcelados en Israel, así como de dos insurgentes alemanes encarcelados en Alemania Occidental. Establecen un plazo límite para el cumplimiento de su demanda o los rehenes serán asesinados: uno cada hora, en público.
El presidente del COI, Avery Brundage, es informado de la situación a las seis de la mañana, pero igual ordena que las competiciones arranquen como estaba planeado. Y a las 08:15 en punto, efectivamente, arrancan.
Debido a las restricciones de la posguerra, el ejército alemán no puede operar en tiempos de paz, por lo que la responsabilidad del conflicto recae en la policía de Múnich, la cual no tienen ninguna experiencia en este tipo de casos. Cuerpos policiales llegan a la Villa Olímpica para resguardar y acordonar el área. El edificio 31 es rústicamente cercado y los edificios aledaños son evacuados.
Las negociaciones con los atacantes no son manejadas por especialistas sino por el ministro del Interior de Alemania, el ministro del Interior de Bavaria, el jefe de policía de Múnich y el director de la Villa Olímpica, con la ayuda de una mujer guardia en su elegante traje color azul.
Los periodistas que estaban cubriendo los Juegos Olímpicos se enteran del ataque poco antes de las 09:00, previo a una conferencia de prensa con el nadador norteamericano Mark Spitz, quien había ganado siete medallas de oro estableciendo nuevos récords mundiales en cada una de las competencias que ganó.
La respuesta de Israel a la demanda de los atacantes es categórica: no, no habrá trato. Después de lo sucedido en la Segunda Guerra Mundial, para los alemanes resulta particularmente complicado, a nivel político y social, que los rehenes sean judíos. Los negociadores ofrecen a los atacantes cantidades ilimitadas de dinero e intercambiarse por los israelíes, pero ambas propuestas son rechazadas.
Georg Sieber, el psicólogo que había proyectado el ataque, fue informado por el jefe de la policía de Múnich que sus servicios no eran necesarios. Sieber, en ese momento, decidió renunciar.
Aunque la Villa Olímpica se cierra, algunos reporteros logran colarse y se ubican en edificios evacuados cercanos. Equipos de televisión y fotógrafos ocupan lugares estratégicos para poder capturar las imágenes del edificio 31. La cadena norteamericana ABC/CBS comienza a transmitir en vivo con Jim McKay, comentarista deportivo. Otras televisoras reportan también desde el lugar de los hechos.
La audacia de los representantes de los medios de comunicación produce un testimonio visual excepcional de lo que ocurre e imágenes tan escalofriantes como insólitas:
El líder de los secuestradores habla con los negociadores en el exterior del edificio, con la cara pintada de negro y siempre con una granada en la mano; a veces lo acompaña otro militante armado.
Su apariencia por sí sola no es intimidante: se trata de un tipo delgado y más bien bajo que se mueve con serenidad. En algún momento, incluso, se le verá encender un cigarrillo a la mujer guardia y platicar despreocupadamente con ella recargado en la puerta. En algún momento se le verá sonreír durante las negociaciones.
Un atacante se asoma regularmente por la puerta del edificio. Otro más mira el paisaje por la ventana detrás de sus lentes oscuros. Y la postal emblemática, espeluznante, para la posteridad: el encapuchado que de vez en vez sale al balcón.

12:00-18:00
Los negociadores intentan ganar tiempo y mantienen su discurso con los atacantes: aún están esperando la respuesta de Israel. Los atacantes establecen otro plazo límite y, de hecho, establecerán otros más a lo largo del día que sumarán cinco en total.
Policías disfrazados de cocineros llevan cinco cajas de comida al edificio 31. Las autoridades alemanas esperan que los atacantes dejen que por lo menos uno les ayude a subir las cajas al departamento. La intención es que puedan ver a los rehenes y saber cuántos militantes hay. La comida es aceptada a las puertas del edificio, pero nada más.
Israel quiere enviar un equipo especial para manejar la operación y rescatar a los rehenes. El gobierno alemán se niega. De cualquier modo, el jefe del Mossad, el servicio secreto israelí, viaja a Múnich.
Gobiernos y manifestantes alrededor del mundo condenan ya el ataque, pero también protestan en contra del COI porque no ha suspendido los Juegos. Es hasta después de las 15:30, cuando han pasado poco más de diez horas desde el inicio del ataque, que los dirigentes olímpicos, finalmente, deciden suspender las actividades ante la presión internacional. Sólo se permite que concluyan las competencias en curso.
La principal preocupación del COI, aparentemente, no es la solución del conflicto sino que los Juegos continúen a cualquier costo y urge al gobierno alemán para que saque a los atacantes y a los rehenes de la Villa Olímpica.
En la Villa Olímpica, por otro lado, de inicio parece que no sucede nada fuera de lo normal. En diversas áreas recreativas se puede ver a atletas tomando el sol, jugando ping pong o simplemente pasando el rato. Otros entrenan en la pista de alrededor. Por la tarde, miles de personas se congregan afuera del complejo habitacional: hay fuerzas de seguridad y medios, pero sobre todo gente común. Espectadores curiosos por ver el retorcido espectáculo. Es claro que nadie dimensiona la gravedad del asunto.
Los atacantes presentan a dos rehenes en una ventana para que hablen brevemente con los negociadores. Después dejan que el ministro del interior de Alemania y el director de la Villa Olímpica entren al departamento para ver a los rehenes y salen con la idea de que solamente hay cuatro, quizá cinco militantes.
Las autoridades alemanes implementan un plan para rescatar a los israelíes: forman un escuadrón de 38 guardias fronterizos para llevar a cabo un asalto por las azoteas de los edificios aledaños. Son voluntarios, sin entrenamiento especial y van vestidos con uniformes deportivos. Pero las cámaras de televisión están transmitiendo en vivo y en los departamentos de la Villa Olímpica hay televisores: los atacantes ven los movimientos de los guardias y amenazan con matar a dos rehenes. Las acciones se suspenden, los guardias se retiran.
18:00-03:30
Para estas horas es evidente que las amenazas no han servido y que la demanda no será cumplida. Los atacantes, entonces, piden un avión de largo trayecto para ser transportados a un país árabe junto con los rehenes. Los negociadores aceptan, pero sólo para montar una nueva operación de rescate. La consigna es no permitir que se lleven a los israelíes.
Según sus planes, las acciones se desarrollarían de la siguiente manera:
- Atacantes y rehenes serían llevados en dos helicópteros a un aeropuerto militar cercano.
- En la pista esperaría un avión con un escuadrón de policías voluntarios disfrazados de tripulación, quienes someterían al líder de los atacantes y a su acompañante cuando inspeccionaran el avión.
- Cinco francotiradores colocados sobre la torre de control y alrededor de la pista abrirían fuego contra el resto de los atacantes.
- Vehículos de asalto entrarían a la pista para rescatar a los rehenes.
La operación, sin embargo, es un completo desastre.
De entrada, cuando los atacantes y los rehenes abordan los helicópteros a las orillas de la Villa Olímpica, las autoridades alemanas descubren que los atacantes son ocho, y no cuatro o cinco como creían, y sólo hay cinco francotiradores en el aeropuerto militar.
Cuando los helicópteros están por aterrizar en la pista, la cual se encuentra sumida en la oscuridad, los policías disfrazados en el avión deciden marcharse: les parece que es una misión suicida y votan de manera unánime por abortar. El líder de los atacantes y su compañero se dan cuenta del engaño al inspeccionar el avión vacío y regresan gritando a los helicópteros. La pista se ilumina, los francotiradores abren fuego, los terroristas responden. Son las 22:35.
Jim McKay, en la ya histórica transmisión por televisión, informa que se ha desatado la balacera en el aeropuerto militar, pero que todo es muy confuso y no se sabe nada de los rehenes.
En la aeropuerto las cosas van de mal en peor: por las luces de los reflectores y porque los helicópteros se estacionaron mal, los francotiradores no ven bien. Además, no tienen armas adecuadas: no son de largo alcance y no cuentan con miras telescópicas o de visión nocturna. Tampoco llevan aparatos de comunicación, cascos o chalecos antibalas, y en realidad no son francotiradores. Nadie les avisó, por cierto, que los atacantes eran ocho.
Por si fuera poco, a las autoridades alemanas se les olvidó solicitar, con suficiente anticipación, los vehículos blindados que entrarían a rescatar a los rehenes. Cuando estos vehículos intentan llegar, con el enfrentamiento ya en curso, encuentran que los caminos están congestionados porque medios y curiosos se han movilizado hacia allá. Afuera del aeropuerto es un caos.
Los refuerzos policiales no conocen la ubicación de los francotiradores, así que, en medio de la confusión, hieren gravemente a uno y también a un piloto que se había guarecido junto a él.
Poco después de la medianoche, suceden dos eventos antagónicos igualmente desafortunados:
Primero, el portavoz del gobierno de Alemania, en entrevista en vivo con Jim McKay, asegura que la operación de rescate ha sido un éxito rotundo. DPA, agencia de noticias alemana, así como Reuters y otras agencias internacionales anuncian a nivel mundial que los rehenes han sido liberados. Varios periódicos se imprimen con este tipo de titulares, como The Jerusalem Post y The Sun. La noticia llega a Israel. Golda Meir, primera ministra, celebra con su gabinete y funcionarios gubernamentales se comunican con algunos familiares de los rehenes.
Segundo, uno de los atacantes detona una granada en el interior de uno de los helicópteros; otro dispara ráfagas en contra de los rehenes en el segundo helicóptero. Las hostilidades concluyen alrededor de la 01:30 del 06 de septiembre. El conflicto ha durado 21 horas.
A las 03:24, Jim McKay finalmente informa al mundo lo que realmente ha ocurrido. El saldo es de 17 muertos: 11 israelíes, un oficial de la policía de Múnich y cinco atacantes. Los tres militantes que sobreviven son arrestados.
El día después
El 06 de septiembre se celebra un memorial en el Estadio Olímpico con la Orquesta Filarmónica de Múnich y 80,000 asistentes, incluyendo 3000 atletas, medios y algunos familiares de los israelíes asesinados. Durante su discurso, el presidente del COI critica la politización de los Juegos Olímpicos, pero sólo hace una mención muy breve del ataque, lo cual despierta una molestia generalizada.
La delegación de Israel abandona Múnich bajo fuertes medidas de seguridad. Egipto, Filipinas y Argelia se retiran de los Juegos. También algunos miembros de las delegaciones de Holanda y Noruega.
Por 24 horas, la bandera olímpica y las de los países competidores ondean a media asta, exceptuando las de algunos países árabes y la URSS que rechazaron la medida y cuyas delegaciones no asisten al memorial. Las competencias se reanudan por la tarde.
Los atacantes
Los hombres que perpetraron el ataque se habían entrenado en Líbano y Libia. Algunos llegaron a Múnich sólo unos días antes; otros, con mayor anticipación. Se hospedaron en diferentes hoteles, a todos se les proporcionaron dinero y armas. Horas antes del ataque, en una cafetería de una estación de tren, conocen al jefe de la operación y se enteran de cuál será el objetivo.
El jefe de la operación estuvo en la ciudad antes, durante y después del ataque, y fue ayudado por dos neonazis alemanes.
Los cuerpos de los cinco atacantes muertos fueron enviados a Libia: los recibieron como héroes y fueron enterrados con honores militares. Los tres atacantes capturados no fueron sometidos a juicio. Siete semanas después, el 29 de octubre de 1972, fueron liberados, sin consultar al gobierno de Israel, a cambio de la tripulación y los pasajeros de un avión de Lufthansa que había sido secuestrado por simpatizantes de Septiembre Negro.
Tiempo después se sabría que las autoridades alemanas habían pactado en secreto con el grupo para prevenir futuros ataques en suelo alemán. El vuelo y el secuestro fueron arreglados: en el avión de Lufthansa, con capacidad para 150 pasajeros, sólo viajaban 12-14 personas. Sin mujeres ni niños. El gobierno de Alemania, oficialmente, lo niega; uno de los atacantes, a finales de los años noventa, confirma el acuerdo en el documental One Day in September.
El mismo 29 de octubre, los atacantes liberados llegan a Libia en donde también son recibidos como héroes. En el aeropuerto ofrecen una conferencia de prensa que se transmite a nivel mundial. Según ellos, habían logrado que su voz fuera escuchada y que el mundo se enterara de la causa palestina.