El ataque de la organización palestina Septiembre Negro a la delegación de Israel durante los Juegos Olímpicos de Múnich 1972 afectó profundamente a la comunidad internacional y cambió al mundo en muchos sentidos. Pero no por el asesinato de once israelíes (aunque esa pudo haber sido razón suficiente) sino porque fue la primera vez que un ataque terrorista se convirtió en un evento mediático global que se transmitió en vivo por televisión a todo el mundo.
Audiencia estimada: 900 millones de personas en más de 100 países. Hasta entonces, ningún evento transmitido por televisión a nivel mundial había alcanzado esos niveles de audiencia.
Este hecho, que ahora puede parecer trivial, fue una vuelta de tuerca en la historia, porque evidenció a escala planetaria, en tiempo real y a todo color, la vulnerabilidad de Occidente y reveló el potencial de los medios de comunicación para la causa terrorista.
El ataque y, sobre todo, su transmisión tuvieron repercusiones en eventos deportivos, gobiernos, leyes, sociedades, medios de comunicación y grupos practicantes del terrorismo. A continuación presentamos las más relevantes:
1. La facilidad con que los atacantes entraron a la Villa Olímpica para tomar a los rehenes, y el que ya estuvieran familiarizados con el lugar, encendió las alertas respecto a la seguridad en los megaeventos deportivos. Ninguna competición de alto perfil volvería a organizarse del mismo modo. La transformación sería drástica y dramática: las operaciones para salvaguardar Juegos Olímpicos y Copas Mundiales de Futbol se convirtieron en las operaciones de seguridad más grandes del mundo fuera de la guerra.
Ahondaremos en el tema en los capítulos 15 y 16: La guerra en tiempos de paz: el precio del miedo & La guerra en tiempos de paz: seguridad en megaeventos deportivos
2. Durante 16 horas, por lo menos, el mundo vio la incapacidad alemana para manejar la situación. El curso de las acciones y el resultado obligaron a muchos gobiernos a hacer un análisis introspectivo estructural: la realidad era que ellos tampoco estaban preparados para algo así.
El ataque de Múnich provocó un debate internacional sobre el tema del terrorismo, así como el desarrollo e implementación de medidas institucionales permanentes para hacerle frente.
En varios países se crearon o especializaron cuerpos contraterroristas, se aprobaron nuevas leyes y también se definieron o redefinieron políticas al respecto. Nuevos recursos, elementos y presupuestos se orientaron específicamente a combatir el terrorismo.
Tan sólo veinte días después del ataque, el 26 de septiembre de 1972, Alemania creó el GSG 9 der Bundespolizei (Grenzschutzgruppe 9), su unidad especializada de contraterrorismo, la cual se convertiría en una de las fuerzas más efectivas del mundo.

Los gobiernos, además, entendieron la importancia de fortalecer la cooperación nacional e internacional, así que se firmaron diversos acuerdos con el fin de mejorar la comunicación interinstitucional y facilitar el intercambio de información.
Lo que hizo Estados Unidos, por su parte, no tenía precedente en la historia del país y fue un punto de referencia para la historia del contraterrorismo mundial. Porque su cruzada internacional contra el terrorismo no comenzó en los años ochenta con Ronald Reagan ni mucho menos con George W. Bush en 2001. El origen se encuentra en la administración de Richard Nixon: él fue el primer presidente de los EUA en iniciar una campaña global contra el terrorismo y lo hizo a raíz de la masacre de Múnich.
El 25 de septiembre de 1972, diecinueve días después del ataque, se creó el Comité de Gabinete para Combatir el Terrorismo, en el que participarían los más altos funcionarios del gobierno estadounidense, como los secretarios de Estado, Defensa, Tesoro y Transporte, los directores del Buró Federal de Investigación (FBI) y la Agencia Central de Inteligencia (CIA), al igual que los asistentes del presidente en Seguridad Nacional y Asuntos Internos.
La administración de Nixon, asimismo, llevó el tema del terrorismo internacional a la Organización de las Naciones Unidas y exhortó a los países miembro a unirse para poder enfrentarlo. Otra iniciativa, que pronto se replicaría en otros países, fue la revisión de todos los pasajeros en los aeropuertos con detectores de metales, la inspección de todo el equipaje de mano y la presencia de guardias en los puntos de control de embarque, todo lo cual se implementó a partir de enero de 1973.
3. La masacre de Múnich cambió la forma en que medios, sociedades y gobiernos occidentales percibían y conceptualizaban al terrorismo.
Los atentados que hasta entonces habían proliferado bajo una bandera revolucionaria serían vistos en adelante como una seria amenaza para la comunidad internacional y no como parte de movimientos de liberación o la lucha de un pueblo. El ataque de Septiembre Negro a la delegación israelí, por tanto, no provocó una apreciación comprensiva de la causa palestina, sino que generó ira y condena a nivel mundial.
Y es que en Múnich no sólo murieron once israelíes. La realidad es que muchos israelíes habían muerto antes a causa de ataques palestinos, incluyendo niños. La diferencia estriba en el contexto y el escenario. Lo que el mundo vio, y siguió por televisión durante horas, fue el secuestro y asesinato de once atletas, entrenadores y oficiales deportivos en un espacio cuasi intocable y neutral. El mundo vio que se había vuelto a derramar sangre judía en Alemania y que se había profanado un símbolo de unidad y fraternidad internacional como lo es el movimiento olímpico.
Ninguna causa política o social podía justificarlo. Mucho menos ganarle indulgencia de la opinión pública occidental.
4. Los terroristas, desafortunadamente, también aprendieron de aquel espeluznante episodio en el otoño de 1972. Después de los Juegos Olímpicos, la toma de rehenes se volvió una práctica común. Pero la lección más importante para ellos fue el eco que causó el ataque de Múnich. El impacto mediático brutal. Fue entonces cuando nació la relación simbiótica entre medios de comunicación y terrorismo.
La comunicación es indispensable para los grupos terroristas, no sólo para promover su causa y objetivos, sino también para conseguir los cambios que pretenden. Aunque pueden desarrollar sus propias infraestructuras de comunicación para difundir su ideología, dependen mucho de los medios para llegar y afectar a grandes audiencias, infundir el miedo en la sociedad, crear un gran ruido inmediato (debate, discusión) y hacer que las autoridades y el público en general reconozcan sus motivos. Los medios, pues, les sirven como herramientas de persuasión y les proveen el oxígeno de la publicidad.
El terrorismo es un acto de violencia, pero es también un acto de comunicación y un mensaje en sí mismo que va dirigido a diferentes públicos: enemigos, simpatizantes, indecisos, militantes de otras organizaciones, gobiernos, sociedades. Y los medios ayudan a proyectar y amplificar ese mensaje.
Los medios, por otra parte, aprendieron que podían incrementar sus ratings y ventas, de manera exponencial, cubriendo actos terroristas. Este tipo de incidentes son productos mediáticos ideales: inesperados, dramáticos y generalmente registran bajas, lo que los convierte en historias llamativas, lucrativas, con valor noticioso. Y más aún si suceden en el contexto de un evento de alto perfil: la información relacionada con el terror se vuelve noticia internacional.
Reportar un acto terrorista que acaba de suceder o que está sucediendo catapulta los números de audiencia o lectores, y esos números significan ganancias. Debido a que los medios seleccionan eventos de interés periodístico, los terroristas seleccionan objetivos a los que las organizaciones de noticias les darán una alta prioridad. Los megaeventos deportivos, como las Copas Mundiales de Futbol, cumplen con estos criterios.
Los terroristas, con sus actos violentos, llaman la atención de los medios y explotan su poder. Los medios explotan el teatro y el drama que deriva de los incidentes terroristas. Es una relación de beneficio mutuo, con intereses comunes.
Bruce Hoffman, profesor e investigador especializado en terrorismo, califica la masacre de Múnich como «la primera evidencia clara de que incluso los ataques terroristas que no logran sus objetivos aparentes todavía pueden considerarse exitosos siempre que la operación sea lo suficientemente dramática como para capturar la atención de los medios». Es por ello que el éxito o fracaso de los terroristas tiende a asociarse en buena medida con la cobertura mediática de sus actos.
Para George Habash, líder del Frente Popular para la Liberación de Palestina, así como para el hombre que planificó el ataque, Mohammad Oudeh (aka Abu Dauod), la operación en Múnich, desde el punto de vista puramente propagandístico, tuvo un éxito del 100%: «Fue como pintar el nombre de Palestina en una montaña que se podía ver desde los cuatro rincones de la tierra».
Múnich 1972, pues, convirtió al deporte internacional en un blanco muy tentador, porque aquellos que recurren al terrorismo se dieron cuenta de que los eventos deportivos de alto perfil podían llevarlos al horario estelar y a las primeras planas. Entonces nació una nueva forma de terrorismo, aquel que no sólo pretende infligir el máximo daño humano y material, sino que también busca la máxima resonancia mediática.
A partir de ese momento, no se pudo evitar que los megaeventos deportivos fueran un objetivo. Pero no porque fueran los Juegos Olímpicos o las Copas Mundiales de Futbol, sino porque todo el mundo estaría mirando.
Epílogo
Los Juegos Olímpicos de 1972 no consiguieron el objetivo que pretendía el gobierno de Alemania: presentarse al mundo como un país moderno, amigable y democrático. El ataque, el desenlace y los múltiples errores de sus autoridades serían una sombra que permanecería por décadas. Una huella (cuasi) indeleble, porque lo primero que se recuerda de Múnich es, precisamente, la masacre.
4. La ecuación asimétrica: terrorismo vs eventos deportivos→