I
Ni siquiera sus más recalcitrantes detractores pueden negarlo: el futbol es el deporte más popular del planeta. Su alcance —o magia— traspasa nacionalidades, culturas, ideologías, religiones, condiciones socioeconómicas, circunstancias políticas, fronteras reales o imaginarias.
Más allá de los campos formales, el fut se juega en cualquier lado y de cualquier manera. En un patio, una calle, en el llano. También en parajes remotos y rincones insospechados. Sobre pasto, tierra, nieve o lodo. Con tenis, chancletas, a pie descalzo. Con porterías o sin ellas. Con balón o con lo que se le parezca.
La verdad es que el futbol posee un carácter mucho más mundial del que la gente cree y del que se atribuye el futbol institucionalizado.
II
El máximo evento en la industria del futbol profesional masculino es la Copa del Mundo, en su fase final.
Los países y sus respectivas federaciones de futbol compiten (y si es necesario sobornan) para hospedarla, los jugadores sueñan con pisar sus canchas y los aficionados de los cinco continentes la siguen a través de todos los medios a su alcance. Hasta los menos enterados e interesados se enteran y se interesan.
Su potencial comercial es tan jugoso que los medios pagan cantidades obscenas por el derecho a transmitirla e inician sus coberturas con meses de antelación. Los patrocinadores anhelan colgarle sus marcas. En cada edición se supera el número de asistentes, de audiencias, de inversiones, de ganancias. Todo se contabiliza en millones y múltiplos de millones.
No hay catedrales más universales que los estadios de un Mundial (por lo menos a lo largo de un mes). Y no hay misiones diplomáticas más acreditadas que las selecciones de futbol que van a un Mundial. Los mejores jugadores de cada país, investidos como legítimos embajadores, despliegan sus talentos en campos de juego que se develan como tableros de ajedrez.
Creyentes y paganos de alto poder adquisitivo peregrinan desde tierras remotas para manifestar a los cuatro vientos su orgullo nacional. Las sedes se convierten en un carnaval fascinante de etnias y culturas. Las congregaciones extranjeras hacen de cualquier calle o esquina una patria.
Jefes de Estado y de gobierno acuden a los partidos: presidentes, monarcas, ministros y cancilleres aplauden desde los palcos. Y la aldea global mira.
La Copa del Mundo es, pues, todo un acontecimiento: deportivo, social, político, económico y mediático. Un espectáculo multidimensional. La fiesta más grande. La celebración por excelencia de los miembros VIP del futbol internacional. La utopía posible de los imposibles.
III
Pero no todos pueden acceder a la Copa del Mundo. Pueblos sin tierra, Estados no reconocidos, poblaciones bajo ocupación o bloqueo, minorías, inmigrantes, refugiados, indígenas, gente sin hogar, niños de la calle, personas con discapacidad… Todos ellos también juegan al futbol y replican sus propias versiones del Mundial.
Sí, aun en esas realidades marginales —algunas rotas y transgredidas— hay espacio para algo tan banal como el futbol. ¿Por qué?… Porque el futbol trasciende su elementalidad y lo meramente deportivo, permeando en la vida de los individuos y las colectividades con profundas implicaciones:
1. El futbol, para empezar, es una actividad lúdica, recreativa, fuente de emociones agradables. Divierte, entretiene, permite el desahogo de tensiones, el desfogue de sentimientos y resentimientos contenidos, la distracción temporal de realidades de las que en realidad no se puede escapar.
Jugar al futbol puede ser un oasis en el desierto, un salvavidas en mitad del naufragio, un boleto para salir del infierno.
2. El futbol es un constructor de vida social, de tejido social y de interacción humana. A través del futbol nos vinculamos unos con otros, socializamos, nos congregamos. Para ver un partido en la televisión, para ir al estadio, para jugar. Y lo comentamos con la familia, los amigos, la señora de la tienda o el taxista.
3. El futbol es un referente para la construcción y la articulación de identidades locales, regionales y nacionales. Es un medio de identificación y de cohesión social que provee cierto sentido de pertenencia.
Cuando militamos en un equipo o cuando declaramos nuestra adhesión a un equipo estamos manifestando también rasgos, creencias, valores sociales y/o culturales, que son parte de nuestra identidad, que nos caracterizan frente a los demás y que nos unen con otros semejantes. Sí, somos, estamos, juntos.
Los equipos de futbol encarnan ideales, símbolos, ámbitos culturales propios, representaciones colectivas e imaginarios.
Andrés Fábregas, doctor en Antropología Social
4. El futbol es una expresión de la cultura, y las culturas, señala el antropólogo Edson Gastaldo, se expresan a través de sus ritos, de sus eventos sociales y de sus juegos.
La fiesta y el rito, la unidad simbólica de lo propio y lo extraño tienen su versión actual en las camisetas, los escudos, los colores de los equipos y los competidores. Y de la reunión en el estadio como un ejercicio que tiene paralelo con el rito religioso y la fiesta.
Jesús Galindo, doctor en Ciencias Sociales
5. El futbol en general, así como la Copa del Mundo en específico, están cargados de símbolos, alegorías, significados.
Harto conocida es la metáfora de que el futbol es una guerra simulada y que el campo de juego es como un campo de batalla en donde se enfrentan dos ejércitos. En los torneos internacionales a nivel selecciones, esa metáfora se refuerza considerablemente por la presencia de las banderas, los himnos y los colores nacionales. Y por eso en nuestras crónicas hablamos de lucha, héroes, enemigos, la patria.
6. El futbol alimenta la ilusión democrática y de igualdad entre jugadores, equipos, países. Precisamente, algo que fascina del futbol es que no siempre vencen los más ricos, lo más prósperos, los más poderosos. Estados Unidos, por ejemplo, potencia económica y militar, nunca ha ganado un Mundial.
7. El futbol es un médium para el reconocimiento social: los individuos, los grupos, las comunidades o los pueblos se reconocen en el futbol y esperan que los otros los reconozcan.
Y la Copa del Mundo es un escenario propicio, un escaparate global que visibiliza. Presentarse ahí, de alguna manera, es estar, formar parte de, pertenecer a. Estar con los otros. Formar parte de los demás. Pertenecer a una élite, a otro contexto, al mundo oficial.
Reconocer. Examinar con cuidado algo o a alguien para enterarse de su identidad, naturaleza y circunstancias. Considerar, advertir o contemplar. Acatar como legítima la autoridad o superioridad de alguien o cualquier otra de sus cualidades. Dicho de una persona: tenerse a sí misma por lo que es en realidad en cuanto a su mérito, talento, fuerzas, recursos, etc.
Para muchos, pues, el Mundial es una suerte de aspiracional, por todo lo que entraña el futbol y el evento mismo. Se desea, se anhela, se codicia. Y el concepto es tan fuerte y la ilusión que provoca es tan poderosa que los proscritos del futbol oficial quieren vivirlo y experimentarlo también. Así que si ellos no pueden ir a la Copa del Mundo, entonces ellos la traen a sus realidades. A esas otras realidades en donde el futbol, siempre, es mucho más que sólo futbol.
—O—
Sirva este texto como preámbulo para arrancar la serie Los otros Mundiales, un breve recuento de esas otras justas mundialistas que suceden tras bambalinas y que no atraen los reflectores, pero que, definitivamente, existen.
Porque más allá del mundo que consumimos en lo cotidiano, también florece el futbol.