Fue el viernes 13 de noviembre de 2015 cuando el autodenominado Estado Islámico atacó París. Los múltiples atentados, que incluyeron tiroteos masivos, ataques suicidas con explosivos y toma de rehenes, fueron los más letales en Francia desde la Segunda Guerra Mundial y dejaron un saldo de 543 caídos.
El terror se propagó como una epidemia. En la ciudad, en el país, en el continente. Las alertas de seguridad nacional se encendieron por toda Europa. Y el futbol no fue ajeno a esa vorágine.
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Le Stade de France
Este recinto del futbol, localizado en los suburbios al norte de París, fue elegido como primer blanco y las razones no son de extrañar. Primera, por la concentración masiva de gente (+75,000 asistentes). Segunda, porque el presidente de Francia, François Hollande, se encontraba en la tribuna. Tercera, porque el partido amistoso entre la selección alemana y la selección francesa se estaba transmitiendo a escala internacional y la publicidad de largo alcance es uno de los objetivos que persiguen los terroristas.
También, por supuesto, por su valor simbólico. Atacar aquello que el grupo agresor prohíbe y condena, como el deporte, la diversión o la heterogeneidad que, en este caso, suponía el futbol: convivencia multicultural, étnica y religiosa, tanto de jugadores como de aficionados. Sólo basta mirar la diversidad que subyace en el equipo nacional francés.
Eran cuatro los atacantes suicidas destinados al estadio. De acuerdo con los investigadores, uno de ellos pretendía detonar su chaleco explosivo en el interior para producir daño in situ y provocar que la multitud huyera hacia las calles en donde los otros atacantes, entonces, activarían sus respectivos chalecos.
Ese individuo no logró entrar. El personal de seguridad de la puerta L se lo impidió, porque no tenía boleto. Pero los guardias no sabían cuáles eran sus intenciones, así que no lo detuvieron. Insistió un poco, deambuló por ahí un rato, luego se perdió entre la multitud. Él y otro miembro de la célula terrorista detonaron sus explosivos afuera del estadio, con minutos de diferencia: uno, a las 21:16, cerca de la puerta D, frente a la Brasserie Events; el otro, a las 21:19, cerca de la puerta H, frente a la tienda de deportes Decathlon.
El tercer atacante lo hizo a las 21:53 junto a un McDonald’s no muy lejos del estadio. El cuarto hombre huyó: su chaleco fue encontrado en un bote de basura en el suburbio de Montrouge, a unos 20 kilómetros de Saint-Denis.
El Stade de France fue construido para la Copa del Mundo Francia 1998. En la inauguración, monsieur Zinedine Zidane, jugador francés de ascendencia argelina, anotó el primer gol en sus redes. Ahí mismo, meses más tarde, Les Bleus se coronarían como los campeones mundiales, ganándole a Brasil.
Como casa de la selección nacional de futbol es el estadio más grande del país y cuenta con la máxima categoría UEFA. En su cancha se jugaron las finales de la Champions League 2000 y 2006, así como siete partidos de la Eurocopa 2016, incluyendo el inaugural y la final.
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El partido sombrío
El amistoso entre Francia y Alemania será recordado con pesar. Las explosiones que se registraron en las inmediaciones del estadio marcaron el inicio de la barbarie: los ataques escalonados a restaurantes, bares, cafeterías y al teatro Bataclan comenzaron minutos después.
Las dos primeras detonaciones, de hecho, se escucharon claramente en la transmisión televisiva a los minutos 16 y 19 de juego. La gente en el estadio e incluso las autoridades creyeron que se trataba de petardos.
El presidente Hollande fue discretamente evacuado después de la segunda explosión. Antes de abandonar las instalaciones, tomó una llamada de emergencia en la cabina de Seguridad. Los periodistas, que eran los únicos que tenían buen acceso a internet dentro del estadio, comenzaron a enterarse de lo que pasaba en la ciudad, a través de mensajes de texto y redes sociales, pero la información aún era muy confusa.
Las fuerzas de seguridad y el presidente decidieron que el juego siguiera su marcha. Con el caos todavía en curso y ante la incertidumbre de más ataques, me parece razonable que el partido continuara: mantener al público en el estadio era una medida preventiva: ahí la gente estaría más segura que afuera.
Además, suspender el juego y explicar los porqués (o incluso no decirlos) podría haber incitado el pánico colectivo y la estampida de miles de personas, lo que a su vez habría requerido la intervención de equipos médicos y de seguridad que en ese momento se necesitaban en otros lados.
Las autoridades francesas pidieron al canal que estaba transmitiendo el partido (TF1) que no se hiciera mención al aire sobre los ataques.
Los directores técnicos de ambas selecciones, Didier Deschamps y Joachim Löw, fueron informados al medio tiempo sobre «una crisis en desarrollo, con reportes de violencia alrededor del estadio, así como en diversas partes de la ciudad», pero decidieron no comentarlo con sus jugadores porque los detalles eran imprecisos.
Mientras en las calles parisinas se vivían los estragos de una guerra asimétrica, los aficionados en las tribunas cantaban Aux Armes, Aux Armes, una consigna típica de los encuentros deportivos que es una suerte de llamado para tomar (metafóricamente) las armas. Las banderas de Francia ondeaban en el estadio y los jugadores galos terminarían celebrando el triunfo de su futbol, con un marcador 2-0 por cuenta de Olivier Giroud y André-Pierre Gignac.
Los árbitros y los seleccionados no supieron nada hasta que concluyó el partido, cuando miraron el televisor en el túnel hacia los vestidores.
No hubo conferencias de prensa ni entrevistas en la zona mixta. Por los altavoces se anunció que había ocurrido un incidente a las afueras del estadio y se le pidió a los espectadores que salieran por determinadas puertas: los accesos cercanos a los lugares de las explosiones estaban bloqueados.
Pero de pronto, cientos de aficionados comenzaron a regresar, corriendo, y bajaron a la cancha como en busca de protección. Muchos pensaron, y así se corrió la voz, que hombres armados intentaban entrar al estadio. Temor, desconcierto, un malentendido. La distorsión informativa propia de una realidad errática y violentada.
El incidente anunciado, las puertas cerradas, el cambio de protocolo para la salida y las sirenas sonando en el exterior abonaron en la confusión, así que fue preciso avisar por los altavoces que era seguro salir y que se podía utilizar el transporte público.
Para esas horas, los asistentes ya tenían idea de lo que había pasado en la ciudad y en los pasillos hacia la calle comenzaron a cantar La Marsellesa, el himno nacional de Francia.
Ese mismo día, temprano, los seleccionados alemanes y su staff tuvieron que ser evacuados del hotel en el que se hospedaban —el exclusivo Hôtel Molitor— por una amenaza de bomba. Fue una falsa alarma, pero ante las nuevas circunstancias, se les aconsejó permanecer en el estadio y dormir en los vestidores. La policía, en ese momento, no podía garantizar la seguridad de su autobús.
La selección francesa, en un «gesto excepcional de camaradería», se quedó con ellos hasta las tres de la mañana. Los integrantes de la delegación de Alemania estuvieron hasta las siete y luego fueron llevados directamente al aeropuerto a bordo de camionetas sin identificación alguna.
El periodista y comentarista deportivo Bernd Schmelzer tuiteó una foto desde los vestidores del Stade de France: «Aquí durmió Die Mannschaft».

Griezmann & Diarra
Antoine Griezmann es un delantero que en ese entonces jugaba para el Atlético de Madrid. Lassana Diarra es un mediocampista que en ese entonces jugaba para el Olympique de Marseille. Ambos nacieron en Francia, ambos alinearon de inicio en el amistoso contra Alemania y ambos estuvieron en el campo durante 80 minutos.
La hermana de Griezmann, Maud, estuvo en la masacre del teatro Bataclan. A las 21:40, tres militantes armados ingresaron al inmueble y dispararon indiscriminadamente en contra del público mientras la banda norteamericana Eagles of Death Metal tocaba en el escenario. Había unos 1500 asistentes. Algunos lograron escapar, otros se escondieron, los demás fueron tomados como rehenes.
Maud pasó más de dos horas tendida en el piso junto al escenario: sin moverse, tomada de la mano de una mujer desconocida y evitando mirar lo que hacían los terroristas. Como muchos otros, simulaba que estaba muerta. En algún momento se sacó las botas Dr. Martens pensando que así podría correr más rápido en caso de que hubiera oportunidad. Y ciertamente así lo hizo poco después de la medianoche, cuando las fuerzas especiales de la Policía Nacional entraron al lugar para rescatar a los rehenes.
Maud, que iba con su novio, esperó en las cercanías a que el operativo terminara. En ese ínterin llamó a su madre. Luego, descalza y con la ropa ensangrentada, caminó hasta la Plaza de la República, unos quince minutos, para encontrar un taxi que los llevara a casa. Eran las dos de la mañana. El ataque al teatro Bataclan dejó un saldo de 89 muertos y más de 100 heridos.
La prima de Diarra, Asta Diakite, una mujer de 34 años que trabajaba en una farmacia, murió durante los tiroteos contra las terrazas del restaurante Le Petit Cambodge y el café Le Carrillon en la calle Alibert alrededor de las 21:25. Al parecer, Asta estaba saliendo de una tienda de comestibles cuando tres hombres armados comenzaron a disparar. El saldo fue de 10 muertos y 22 heridos.
En abril de 2014, Lassana Diarra, musulmán devoto de ascendencia africana, fue acusado falsamente de pertenecer al mismo grupo extremista que perpetró los atentados de París. La noche de los ataques estaba celebrando su regreso a la selección de Francia, un momento por el que había esperado más de cinco años.
En esta atmósfera de terror, es muy importante para todos nosotros, quienes representamos a nuestro país y su diversidad, hablar y permanecer unidos frente al horror que no tiene color ni religión. Juntos tenemos que proteger el amor, el respeto y la paz.
Fragmento del mensaje escrito por Diarra en Twitter, un día después de los atentados
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El balón debe rodar
El sábado 14 de noviembre París amaneció en shock. Los forenses aún trabajaban en los diez lugares que habían sido atacados. Los equipos de inteligencia remaban a todo vapor. Fuerzas policiales y militares desplegadas, las fronteras cerradas. Francia se había declarado en estado de emergencia. Otros países, como Inglaterra, Bélgica y Alemania, tomaron también sus previsiones.
El presidente de Francia, Francois Hollande, calificó los ataques como un acto de guerra. El autodenominado Estado Islámico (AEI) ya había emitido un comunicado en el que se atribuía la responsabilidad de los atentados. Decía que París era una capital de vicio y prostitución, y advertía de más ataques si Francia continuaba con los bombardeos contra posiciones del AEI en Siria e Iraq.
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Autodenominado Estado Islámico Organización militante islamista yihadista cuyo objetivo es establecer un califato islámico en Iraq y Siria, así como crear un movimiento islamista global, imponiendo por la fuerza su interpretación radical del islam tanto a musulmanes como no musulmanes. Originalmente llamada Congregación del Monoteísmo y la Yihad, participó en la insurgencia iraquí contra la invasión de la coalición liderada por EUA en 2003. Le juró lealtad a Osama bin Laden en 2004 y se convirtió en al-Qaeda en Iraq. En 2006 cambió su nombre a Estado Islámico de Iraq, en 2013 se transformó en Estado Islámico de Iraq y el Levante, y en 2014 se autoproclamó Estado Islámico. Conocida por su gran contingente de combatientes extranjeros, fuerte presencia en línea y su brutalidad, se apoderó de grandes territorios en Iraq y Siria e hizo falta una coalición de más de 80 países que luchó cinco años para detenerla. Designada como grupo terrorista por la Organización de las Naciones Unidas, la Unión Europea, Estados Unidos, Reino Unido, China, Rusia, Arabia Saudita, Irán, Israel y Turquía, entre otros países. |
Todos los eventos deportivos en la capital francesa y sus alrededores fueron pospuestos. Centros de recreación y entretenimiento, instituciones culturales y atracciones turísticas no abrirían sus puertas durante el fin de semana.
En este contexto de duelo y tensión, a menos de 24 horas de los atentados, la Federación Francesa de Futbol (FFF) y la Asociación de Futbol de Inglaterra (FA) anunciaron que el partido amistoso entre sus respectivas selecciones seguía en pie. Estaba programado para tres días después, el martes 17 de noviembre en Londres.
Los federativos ingleses declararon que el partido se realizaba a petición expresa de sus colegas franceses: «En solidaridad con la FFF, respetamos y apoyamos su decisión, y nos prepararemos en consecuencia, tanto dentro como fuera del terreno de juego».
Por supuesto que la celebración de ese encuentro no obedecía a un tema deportivo. Un partido amistoso sirve para evaluar jugadores, probar estrategias y en algo suma al ranking FIFA, pero en semejantes circunstancias, la verdad es que todo eso no tenía ninguna relevancia. Tampoco era una cuestión comercial (aunque, ciertamente, la industria del terror sí que es un negocio bien gordo para medios, gobiernos y estructuras de seguridad).
Para mí se trató, a todas luces, de una decisión política. No sólo porque había sido consultada con los más altos niveles gubernamentales, sino también porque en términos de seguridad y logística era muchísimo más complicado —y arriesgado— llevar a cabo el encuentro. Mover esa pieza en el tablero de ajedrez, por tanto, de ningún modo podía ser gratuito.
El meollo del asunto estaba en el porqué se jugaría ese partido. Lo que se quería comunicar. La carga simbólica. Para los poderes, la opinión pública, los ciudadanos. De Francia, de Europa y del mundo. Y el mensaje que enviaría al grupo agresor.
Y el balón rodó
Jugar al futbol es un acto de resistencia contra la barbarie.
Frederic Thiriez, presidente de la Liga de Futbol Profesional de Francia
Las reacciones y las muestras de apoyo alrededor del mundo fueron exorbitantes. En todos los ámbitos, en todos los niveles. Por lo que toca al futbol, jugadores, entrenadores, clubes, asociaciones y demás involucrados fueron expresando sus condolencias a los franceses a través de redes sociales, comunicados formales, entrevistas.
La Unión de Federaciones Europeas de Futbol (UEFA) anunció que, en memoria de las víctimas, se guardaría un minuto de silencio antes de todos los partidos a disputarse en los siguientes días, tanto amistosos como clasificatorios para la Eurocopa. Los jugadores, además, usarían bandas negras en los brazos.
Los juegos programados para el 17 de noviembre en el viejo continente eran 13. Dos de ellos, sin embargo, fueron suspendidos:
El Bélgica-España, que se jugaría en Bruselas, porque se sospechaba que el prófugo del Stade de France había huido hacia allá y las redadas para localizarlo ya estaban en marcha.
El Alemania-Holanda, con cita en Hannover y al que asistiría la canciller alemana Angela Merkel, se canceló como hora y media antes porque las autoridades habían recibido «información específica sobre un ataque con explosivos», así que los varios miles que ya se encontraban en el estadio tuvieron que ser evacuados. Las selecciones fueron puestas bajo protección policial y llevadas a un lugar seguro no revelado.
Como era de esperarse, en las conferencias de prensa previas al Inglaterra-Francia se habló realmente poco de futbol:
Didier Deschamps, entrenador de la selección de Francia: «Estamos aquí para representar a nuestro país y a nuestros colores. Demostrar que estamos orgullosos de ser franceses».
Hugo Lloris, portero y capitán de la selección de Francia: «Por supuesto que somos humanos y tuvimos dudas, pero el presidente (de la FFF) nos confirmó que teníamos que jugar. Yo, como todos mis compañeros de equipo, respeto esa decisión, y creo que fue la mejor. Habrá mucha emoción, pero será una oportunidad para mostrar nuestro carácter».
El partido de la reivindicación
Los conozco: temen más nuestra unidad que nuestros ataques aéreos.
Nicolas Hénin, periodista francés secuestrado durante 10 meses por el autodenominado Estado Islámico
Londres, conforme a lo prometido, se preparó para la ocasión. El icónico arco sobre el Estadio de Wembley fue iluminado con los colores de la bandera de Francia y en sus pantallas exteriores podía leerse el lema francés: Libertad, Igualdad, Fraternidad. Ambos motivos se replicarían profusamente dentro del recinto.
Las medidas de seguridad, obviamente, se extremaron. La selección francesa fue escoltada en todo momento por personal armado, incluso durante el entrenamiento, y las fuerzas del orden se hicieron cargo del estadio desde la mañana para efectuar una minuciosa exploración del inmueble y los alrededores.
El operativo para el partido incluyó policía metropolitana a pie y a caballo, oficiales armados, perros rastreadores, elementos especiales de contraterrorismo y cinco mil soldados.
A los asistentes se les pidió que llegaran con mayor anticipación, pues se habían instalado más puntos de revisión y las revisiones tomarían más tiempo. Los boletos vendidos eran alrededor de setenta mil. Todavía durante el fin de semana luego de los ataques se registró venta, mientras que las entradas devueltas fueron menos de cien.
Muchos aficionados ingleses llevaron banderas francesas al estadio. El azul, blanco y rojo, también, en bufandas, playeras y pintados en las mejillas. Y pancartas: Permanecemos unidos, No tenemos miedo, Juega por París.
En el túnel hacia la cancha no había ni las sonrisas ni los comentarios que suelen verse antes de un partido amistoso: los jugadores de ambas selecciones esperaban serios y callados, con la mirada incómoda puesta en cualquier lado.
En las tribunas, la gente expectante. Hombres, mujeres y niños que estaban ahí para participar de un momento excepcional. Para ser testigos, testimonio y proclamación. Porque eran mucho más que una simple afición. Su asistencia equivalía a un ejército de setenta mil soldados en el frente de batalla.
Y entonces, la puesta en escena para la ceremonia solemne previa al partido. La procesión de actos simbólicos y significativos. La retórica de las imágenes. El marketing de las emociones. El discurso del desafío.
Luces, cámara, acción. Los equipos salieron y se formaron completos, con titulares y sustitutos. Detrás de ellos, en el campo, las grandes banderas extendidas, una banda de guerra, un coro.
Una comitiva, estratégicamente confeccionada, presentó ofrendas florales por los caídos. Iba encabezada por el príncipe William, presidente de la FA y popular figura de la realeza inglesa. A su diestra y siniestra, Roy Hodgson, entrenador de la selección de Inglaterra, y Didier Deschamps, entrenador de la selección de Francia. En la retaguardia, David Cameron, el primer ministro del Reino Unido. La representación del deporte, la política y la monarquía en batallón.
El momento estelar fue la interpretación de La Marsellesa, cuya letra podía seguirse en las pantallas del estadio. Wembley, por un minuto, se convirtió en territorio galo. Los ingleses cantaron como franceses. El himno patriótico de la République entonado como canto de hermandad trasnacional (y nada mejor que ese himno, por cierto, para evocar el espíritu de la beligerancia). Por si faltaba emotividad, los ojos lacrimosos de Lloris.
Las caras desencajadas de los seleccionados franceses, Lassana Diarra incluido, eran elocuentes, pero su sola presencia entrañaba un fragmento esencial del mensaje:
Eran los representantes del pueblo francés. De víctimas, deudos y dolientes. Portavoces de una ideología. Ejemplo a emular. E iban a jugar en defensa de sus valores y su cultura. Por la diversidad, la tolerancia, la libertad.
Estamos juntos y juntos nos recomponemos, luchamos, seguimos. Porque el mundo sigue (y la guerra también). No vamos a permitir que el terrorismo nos intimide.
Después del saludo interescuadras, los jugadores se mezclaron para una fotografía conjunta. El retrato de la solidaridad y la fraternidad fue enmarcado por una muy prolongada ovación. Porque esa unidad, obviamente, era mucho más que deportiva.
Te acogemos, París. Estamos contigo, Francia. Hombro con hombro y los brazos entrelazados. Los países abrazados. No están solos. Hoy somos ustedes. Hoy somos lo mismo.
Para concluir, el minuto de silencio impecablemente observado, con los jugadores y los árbitros en el círculo central.
Círculo. Del latín circulus, diminutivo de circus que significa ‘cerco’. El círculo, que no tiene principio ni fin, paradigma de los símbolos y las formas, emblema de alianza y unión.
Al público, es preciso reconocer, no se le podía pedir más. Desempeñó su papel de acuerdo con las expectativas, manifestando sobradamente su apoyo y empatía.
El futbol-espectáculo, pues, había ofrecido un espectáculo que no era, en absoluto, sobre futbol.
Por supuesto que ese ceremonial simbólico en torno al futbol formaba parte de una configuración política mucho más grande y compleja, pero decididamente su impacto mediático y su impacto en el imaginario colectivo no pueden calificarse sino como un gol a favor.
Una semana después del partido, la aprobación del presidente de Francia subió entre siete y ocho puntos en las encuestas. El primer ministro del Reino Unido, por su parte, fue votado como el líder británico más confiable para mantener a salvo a la gente.
El estadio, con su cancha y sus gradas, había servido como tribuna alegórica para el pronunciamiento de los poderes. Y el futbol, articulador de identidades, ya no sólo como una expresión del nacionalismo, sino también, si se me permite el desliz, del continentalismo europeo.
El futbol para la catarsis compartida, para exorcizar el miedo, para plantarle cara a la violencia y a la estupidez. Y para transmitir la sensación de normalidad: si en plena adversidad podemos reunirnos para algo tan trivial como patear un balón es que nos mantenemos en pie.
Y si los terroristas reivindicaron sus atrocidades y los gobiernos sus posturas, el futbol para reivindicar la idea de comunidad, convivencia, sociedad. La lealtad, la ilusión democrática, lo lúdico, lo recreativo, la vida cotidiana.
Reivindicar. Reclamar algo a lo que se cree tener derecho. Reclamar para sí la autoría de una acción. Reclamar o recuperar alguien lo que por razón de dominio, cuasi dominio u otro motivo le pertenece.
Al grito de ¡Allez Les Bleus! (¡Vamos, Azules!) arrancó el juego, pero la verdad es que poco importó lo que sucedió en la cancha. Poco importó el marcador final. Y pocos recordarán que fue el primer partido que Inglaterra le ganó a Francia desde 1997.
Video de los actos protocolarios previo al Inglaterra-Francia, en aquella emblemática noche en el Estadio de Wembley.
7. Je suis football: Pero no todos los balones son redondos→