De aficiones y terremotos

¿Por qué nos aficionamos a un equipo de futbol? Las razones pueden ser muy diversas. Quizá porque representa algo que nos es significativo, como nuestra alma máter, la ciudad donde nacimos o el barrio en el que vivimos. Quizá porque simboliza ciertos rasgos socioculturales con los cuales nos sentimos identificados, como el equipo de los trabajadores, el de los estudiantes, el de la mexicanidad.

También puede ser porque un pariente, amistad o querer nos heredó, inculcó o endosó su afición. O por aquello del subjetivo, enigmático y siempre caprichoso gusto personal: gusto por un estilo de juego, por una playera, por un jugador.

Las motivaciones pueden ser muchas y todas son válidas; sin embargo, nunca escuché, ni leí, una historia de afición como la del Compañero X, un hincha de la banda de Chivas.

 

LA SEMILLA DEL TODO

Sí, el Compañero X es aficionado al Club Deportivo Guadalajara y además forma parte de la Legión 1908 D. F. Yo lo conocí hace algún tiempo, en un diplomado de futbol. Se presentó con un apodo y me tomó un par de años saber su nombre (dos más para sus apellidos). De cualquier modo me pidió que no los mencionara por una razón que da perfecta cuenta de su compromiso: «Como barra, o somos todos o no somos nadie. Nosotros no individualizamos».

El origen de la afición de este misterioso hincha se remonta a su infancia temprana. El departamento de sus padres, localizado en la colonia Doctores de la Ciudad de México, fue una de las bajas que cobró el terremoto del 19 de septiembre de 1985. El edificio no se cayó por completo, pero quedó inhabitable, así que a él, de inicio, lo mandaron con sus abuelos maternos a San Salvador Atenco, y después toda la familia fue reubicada en una colonia de Ecatepec, en el Estado de México.

En la calle donde vivía todos eran damnificados y su situación era muy precaria. A veces no había dinero para los pasajes, a veces no había dinero siquiera para comprar comida. Los niños tenían que caminar una hora para llegar a la escuela y sólo había un televisor en toda la cuadra.

Creo que sobrevivir a una adversidad de ese tamaño y padecer las mismas dificultades diarias despierta una solidaridad muy especial entre las personas, que estrecha los lazos sociales hasta la fraternidad y redimensiona el significado de la palabra compartir. Y en aquella cuadra de Ecatepec, los habitantes se reunían para comer juntos lo que hubiera y se reunían, también, para ver juntos lo que ofrecía aquel único televisor.

El evento estelar de la semana sucedía los domingos al mediodía, cuando jugaba el Guadalajara, pues la mayoría de los vecinos eran aficionados al equipo tapatío. A nuestro hincha, entonces un niño, no le gustaba el futbol, ni lo entendía tampoco, pero le emocionaba sentarse con los demás a mirar los partidos.

Tiene sentido: ese elemental acto de convivencia comunitaria no sólo representaba un momento de esparcimiento, también era una forma de vincularse y de crear unidad por una causa distinta a las penurias. Y el patrimonio emocional colectivo descansaba en los resultados del equipo.

Cuando perdía, la moral se iba al suelo y predominaba el desaliento, pero si ganaba era una verdadera fiesta. El ánimo grupal mejoraba radicalmente y se generalizaba el optimismo. Para quienes lo habían perdido todo, los triunfos del Rebaño Sagrado eran una suerte de respiro: los hacía olvidar sus carencias y problemas, al menos por un rato, quizá por un día, y los hacía pensar, al menos por un rato, quizá por un día, que las cosas no estaban tan mal.

 

Por eso yo siempre quería que ganara Chivas. Para verlos a todos felices. Y es que cuando era así, no importaba que no tuviéramos nada.

 

El pequeño y potencial hincha, pues, no comenzó a seguir al Guadalajara porque sus vecinos lo siguieran, sino por el poderoso efecto —transformador efecto— que sus victorias tenían sobre esa gente.

 

VIVIENDO LA AFICIÓN

El anhelo de aquel niño, candoroso y transparente, echó fuertes raíces y con los años se convirtió en una afición muy acabada que no expresa sino la más profunda lealtad.

Para empezar, cualquiera que se encuentre con el Compañero X sabrá de inmediato a quién le va, pues porta a su equipo, literalmente, como una segunda piel. No, no es metáfora: las playeras de los Rojiblancos son su vestimenta cotidiana.

Las de práctica, las de juego, de esta temporada, de temporadas pasadas, ediciones especiales, las que confeccionan los propios hinchas y que luego intercambian. La última vez que hizo inventario, en 2011, tenía poco más de 150. Actualmente, dice, son demasiadas y le es imposible llevar la cuenta.

Y si le preguntan por qué no usa otra ropa, su respuesta no deja margen para la réplica: «Con mi playera de Chivas yo me siento a gusto y seguro a donde sea que vaya. Es parte de mí. Es lo que soy». La identidad, por supuesto, nunca pasa de moda.

Su primera playera oficial fue un obsequio de su madre. Era la del campeonato del Verano 1997. Ella la pagó a plazos y él todavía la conserva aunque ya está toda desgastada. También guarda, en perfecto estado, los cientos de boletos de los partidos a los que ha asistido: «Son lo más importante que tengo».

Para el centenario del Rebaño, en 2006, el Compañero X y un par de amigos quisieron darle un regalo al equipo. Algo, pensaron, que valiera la pena y que fuera memorable. Así que para celebrar al club de su corazón decidieron apersonarse a todos sus partidos a lo largo de un año. Sí, a todos. Oficiales, amistosos, a puerta cerrada, cualquier torneo, en cualquier ciudad.

Esa no fue una hazaña menor si consideramos que ellos viven en la Ciudad de México, que tuvieron que viajar a la mayoría de los juegos y que de sus bolsillos salió para transporte, comidas, boletos de entrada. Entre los tres incondicionales compadres sumaron, pues, 143 partidos.

¿Cómo lo consiguieron?: «Pues un hincha es pluritrabajador. Ir a los partidos cuesta mucho, así que tienes que trabajar, no el doble ni el triple, sino más para poder viajar. Aparte tienes que hacerte indispensable en tu trabajo para que no te corran por si llegas un día tarde o así».

 

Para mí Chivas no son los jugadores ni los directivos que tarde o temprano te defraudan, sino la gente que con tanta ilusión ve al equipo y que con tanto fervor lo apoya.

 

LA FORTALEZA DE LA LEGIÓN

El Compañero X es alivianado, simpático, noble. Un tipo, por cierto, bastante leído y muy platicador que ya concluyó su segunda carrera, la licenciatura en Historia en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. La primera fue Contaduría.

Entró a la Legión 1908 D. F. en 2005. Dio con la barra por casualidad, mientras buscaba boletos en internet para un partido contra el América. Y cuando conoció al grupo, le gustó tanto el espíritu de camaradería y uno de los fundadores lo acogió tan bien que no dudó en afiliarse.

Hoy, integrante dedicado y entusiasta, habla de la Legión con mucho más que afecto y un orgullo exento de arrogancia: «Es, simplemente, a donde pertenezco». En la sencillez y convicción de sus palabras escucho familia, hogar, la patria sentimental.

Porque con sus colegionarios ha compartido las cosas de la vida lo mismo que las cosas del futbol. Las ilusiones, las cervezas, una batalla en la carretera, un funeral. Pintar banderas de madrugada y viajar dieciséis horas en un autobús.

Con ellos disfrutó el decimosegundo campeonato de los Rojiblancos, tras once años de espera, en una jornada épica. Pusieron pie en La Perla Tapatía desde muy temprano y en el estadio cantaron con pulmones, garganta y entrañas hasta el último minuto agregado. Al final fue la locura de la alegría, los saltos, los abrazos, las lágrimas. El Omnilife vibrando. El festejo en La Minerva, multitudinario y espectacular.

Y fue con ellos, también, con quienes compartió un acontecimiento tan estremecedor como emblemático: el terremoto del 19 de septiembre de 2017 que sacudió violentamente a México. Justo treinta y dos años después de aquel sismo que, de alguna curiosa manera, dio origen a su afición. Pero a diferencia del 85, nuestro hincha no fue un damnificado sino un brigadista voluntario.

 

LA CAMISETA DE LA SOLIDARIDAD

Al enterarse de los desastres, vía redes sociales, su primer impulso fue ir a ayudar. Llevó botellas de agua al Colegio Enrique Rébsamen y luego se incorporó a la línea de escombros del multifamiliar que se cayó en la calzada de Tlalpan.

Esa misma noche se unió a sus compañeros y compañeras de la Legión que ya habían formado una brigada y estaban desde las cinco de la tarde en el inmueble colapsado en la colonia Obrera, el de la fábrica textil. Allí estuvieron de fijo los cuatro días que duraron las maniobras de rescate. Los hombres con picos y mazos. Las mujeres repartiendo agua y comida. «Ahí vienen los de las Chivas», decían las autoridades a cargo cuando los veían llegar.

El Compañero X es un hombre dispuesto a defender a los suyos, con los puños si es preciso, pero no le avergüenza decir que sintió miedo, que se impactó muchísimo cuando sacaron un zapatito de niña, que no quería estar solo en su departamento y que esa semana no pudo dormir aunque terminaba exhausto.

 

El susto se me quitaba cuando llegaba con los míos, con los de la barra. Porque de todos modos te impresionas, pero tienes a tu compañero a un lado que, sin decirte nada, te toca el hombro y te hace saber que están juntos.

 

Y mientras tanto, en la histórica vecindad donde la Legión toca base, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, abrieron un centro de acopio que recibió donaciones de vecinos, amigos, transeúntes y negocios cercanos. Lo recolectado se destinó al pueblo de Yancuitlalpan, en la Sierra Mixteca de Puebla, una de esas comunidades tan necesitadas de todo, y una de las muchas que el gobierno ignoró en la emergencia.

Dos conocidos prestaron los transportes. Los Legionarios aportaron cuotas de 130 pesos para pagar la gasolina y los choferes. Los caminos estaban en muy malas condiciones y en algún momento tuvieron que empujar la camioneta con la carga, pero los esfuerzos redituaron: el domingo 24 de septiembre entregaron víveres, ropa, medicinas. También dejaron sonrisas y croquetas para los perritos.

 

 

En agradecimiento por haber ido hasta allá, un señor insistió en regalarles una botella de mezcal. Les dijo que había ahorrado durante quince días para poder comprarla. Ese trago, de valor incalculable, fue imposible de rechazar.

«Lo de la brigada nos unió más», dice el Compañero X. Pero no me extraña. Después de todo, eso está en el ADN de la Legión. Es lo que hacen de ordinario. Coexisten, cooperan, se organizan. Peregrinan a cancha propia o enemiga y se manifiestan en la tribuna como si fueran uno. Porque son sólo uno. El uno que incluye a los demás. Y protegen al camarada, levantan al herido, le dan al que le falta. Ellos saben lo que es estar ahí por el otro y para el otro. Por un equipo, por un amigo o por el desconocido.

 

 

Un día sobrevives y al siguiente pasa lo inimaginable. Lecciones aprendidas hace tiempo por nuestros padres. Y porque ellos nos enseñaron a unirnos ante la tragedia, hoy sembramos y respondemos

 

Una versión de este texto fue publicada en la revista Futbol Total, número 225, edición de diciembre 2017.

Un comentario sobre “De aficiones y terremotos

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  1. Conmovedor lo que nos da la afición aún club en el cual hay mercenarios que solo ven su beneficio y no el de todos los seguidores un saludo a este hombre que a llevado su afición mas allá de un simple televisor cada ocho días por dos horas.

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