El Mundial de los Refugiados de Zaatari

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La alegría, la felicidad y la risa no abundan en el campo de refugiados de Zaatari. Pero cuando suceden, a veces suceden en un campo de futbol.
Curtis R. Ryan, The Washington Post

 

UNA TIERRA DESPEDAZADA

Siria. País de Medio Oriente cuya capital es Damasco. Su población —calculada en unos 20 millones de habitantes— está constituida por diversos grupos étnicos y religiosos, aunque la mayoría son los árabes sirios que profesan el islam sunita.

La Siria moderna se independizó de Francia en 1946, pero nunca ha conocido realmente la estabilidad y la paz. De hecho, vivió en estado de emergencia de 1963 a 2011. Su presidente actual, Bashar al-Assad, asumió el cargo en el año 2000 —fue precedido por su padre, quien gobernó durante 30 años—. Con una estructura política fuertemente controlada y un régimen altamente represivo, su historial de derechos humanos es uno de los peores del mundo.

Desde 2011, el país se encuentra sumido en una intrincadísima guerra civil en la que están involucradas (y enfrentadas) las fuerzas de múltiples actores: gobierno, rebeldes de oposición, kurdos, yihadistas de todos calibres, así como potencias regionales y globales (Irán, Arabia Saudita, Estados Unidos, Rusia).

Entre 2013 y 2014, además, una buena parte del territorio sirio fue tomado por el autodenominado Estado Islámico, por lo que también se ha convertido en uno de los mayores escenarios de la guerra internacional contra el terrorismo.

Estos conflictos han destrozado al país, literalmente. Y también han provocado la mayor crisis humanitaria y de refugiados de la época contemporánea. El saldo aproximado es de 465 mil muertos (entre ellos 24,000 menores de edad), así como 13 millones de sirios desplazados o enviados al exilio. El 48% son niños y niñas.

 

 

Y EN EL PÁRAMO, UNA CIUDAD

El campo de refugiados de Zaatari es el más grande de Medio Oriente y el segundo más grande del mundo. Se localiza al norte de Jordania, muy cerca de la frontera con Siria y a unos 76 kilómetros de Amán, la capital jordana.

Fue inaugurado el 29 de julio de 2012 para acoger a la población siria que huía (y que sigue huyendo) de la guerra y el terrorismo. Se estima que hoy en día alrededor de 80,000 refugiados sirios viven en el campo. Casi el 60% es menor de 24 años. El 37% tiene entre 5 y 17 años de edad.

Con una superficie de 5.3 kilómetros cuadrados, el campo se ha ido transformando en un asentamiento semipermanente: es como una ciudad, dividida en doce distritos, que cuenta con dos hospitales, nueve centros de salud, once escuelas, baños y cocinas públicas, mezquitas, centros comunitarios y unos tres mil comercios informales que son manejados por los propios refugiados.

 

 

La Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) es la responsable de la gente, mientras que el campo es administrado por la Organización de Caridad Jordano Hachemita.

Más de 40 organismos internacionales y no gubernamentales se encargan de la prestación de servicios y suministros: agua, alimentación, sanidad e higiene, equipamiento, salud, educación, protección a mujeres y niños, etcétera.

 

EL FUTBOL EN ZAATARI

 

 

El futbol en Zaatari comenzó de forma espontánea y muy rudimentaria, con chicos jugando afuera de las tiendas-refugio o en mitad de las calles sin pavimentar, con balones hechos de bolsas de plástico y retazos de tela. Después, los adultos, en la medida de sus posibilidades, empezaron a entrenar a los más jóvenes.

En febrero de 2013, el Proyecto Asiático de Futbol para el Desarrollo (Asian Football Development Project, AFDP) llegó al campo. Esta asociación jordana sin fines de lucro, además de aportar pelotas, silbatos y conos, trajo a tres directores técnicos profesionales para capacitar a algunos refugiados y así formar una plantilla de entrenadores locales.

Poco a poco, otras organizaciones, gobiernos y voluntarios fueron poniendo en marcha diversos programas de futbol, sobre todo infantiles y para adolescentes, y a mediados de 2014 ya se contaba con varias canchas, equipos femeninos y masculinos, prácticas planificadas, partidos competitivos.

La primera cancha formal que se instaló en el campo fue de pasto sintético. En una zona desértica, en donde ni siquiera hay agua suficiente para cubrir las necesidades humanas, es imposible pensar en una cancha de futbol con pasto natural. La gente, sin embargo, cortó el césped artificial en pedazos y los pedazos acabaron en sus viviendas. Pero no como un artículo decorativo, sino para aislar el frío del piso y guardar el calor en el invierno, pues en esa época cae abundante nieve.

 

UN MUNDIAL EN MEDIO DEL DESIERTO

 

Durante la Copa del Mundo, la atención de los aficionados al futbol está centrada en los estadios de Brasil. Pero es aquí, en canchas de tierra y grava, sin un solo rastro de hierba, donde el futbol en realidad puede tener una importancia mucho mayor.
Curtis R. Ryan, The Washington Post

 

El Mundial de los Refugiados de Zaatari fue un torneo que se celebró del 15 al 20 de junio de 2014, en el que participaron 16 equipos divididos en dos categorías, femenil y varonil, con jugadoras y jugadores menores de 15 años.

Cada equipo fue patrocinado por una organización humanitaria, como Save the Children, Oxfam, Acted y Questscope, entre otras. Los patrocinios básicamente consistieron en proveer uniformes o playeras, tenis o zapatos de futbol en algunos casos, snacks.

 

 

La competencia fue organizada por la ACNUR, la AFDP, la Asociación de Futbol de Jordania (JFA) y la Unión de Asociaciones Europeas de Futbol (UEFA) para conmemorar el Día Mundial del Refugiado y a propósito de la Copa del Mundo en Brasil.

Para esas fechas, alrededor de dos mil niños y niñas jugaban diariamente al futbol en Zaatari. Ellos, como los demás, llegaron al campo devastados, traumatizados, marcados para siempre. Muchos fueron testigos de la destrucción de sus hogares y aldeas a causa de los bombardeos. Muchos presenciaron atrocidades cometidas contra sus familiares, amigos o vecinos. Muchos quedaron huérfanos. Y todos emprendieron un muy penoso, agotador viaje para poder escapar.

No hay nada en el mundo que pueda compensar sus pérdidas o borrar las oscuras huellas que esas experiencias habrán dejado en sus memorias, pero creo que es válido echar mano de todo aquello que contribuya a mitigar un poco lo que han padecido. Y en este sentido, el futbol ha sido un recurso útil.

En Zaatari —donde la vida también es bastante dura— el futbol es una herramienta de rehabilitación. Rehabilitación física, emocional, mental y social de los pequeños refugiados.

De inicio les brinda distracción, divertimiento, ejercicio. Un espacio para socializar y hacer nuevos amigos. Un tiempo para ser niños otra vez. Una actividad que ayuda a reanimar su apaleado espíritu y a devolverles cierta idea de normalidad, aunque sólo sea por unas horas.

A través del futbol aprenden a desarrollar —o a recuperar— la seguridad en sí mismos y la autoestima. Aprenden sobre disciplina, el respeto a los oponentes y a convivir con otros en armonía. Porque muchos no saben lo qué es la paz: han crecido en la violencia y la violencia es parte de su cotidianidad. Por eso se les enseña que las personas pueden estar juntas para algo más que pelear.

 

 

Los programas de futbol, asimismo, buscan disminuir el trabajo infantil y alejar a los niños de la delincuencia, pues los que van a la escuela, toman clases durante tres, quizá cuatro horas, pero el resto del día no tienen en qué ocuparse. Sus opciones se limitan a trabajar o vagar por ahí.

Y un aspecto importantísimo: con ejercicios de futbol se les educa sobre los riesgos de las minas terrestres en zonas de guerra. Desafortunadamente, no hay garantía de que en el futuro estarán exentos de ese peligro y, por lo menos, se les dan algunos fundamentos que les podrían salvar la vida.

El futbol, por otro lado, ha servido para abrirles puertas a las niñas y las adolescentes sirias. Puertas que antes estaban prohibidas para ellas y que las mantenían apartadas.

Porque los niños solían jugar en Siria, conocían a los clubes profesionales internacionales y veían sus partidos por televisión, así que no hubo problema para que se inscribieran en los equipos y fue fácil entrenarlos: sabían qué hacer con el balón.

Pero el caso de las niñas es muy diferente. La mayoría provienen de comunidades muy conservadoras en donde no se les permite practicar deportes o jugar en público. Muchas no tenían idea de qué se trataba el futbol o lo qué significaba siquiera la palabra ‘deporte’.

La incorporación de las niñas y las adolescentes a los programas de futbol, por tanto, fue un logro mayúsculo, pues supuso sortear varios retos culturales y logísticos. Uno, convencer a sus familias para que les dieran permiso. Dos, encontrar lugares en donde pudieran jugar sin ser vistas. Tres, enseñarlas desde cero.

En diciembre de 2013, Noruega donó la primera cancha con enrejados cubiertos para que ellas entrenaran y jugaran en total privacidad.

 

 

En el verano de 2014, pues, los minijugadores y las minijugadoras del campo de refugiados sabían perfectamente lo que sucedía en Brasil, por lo que poder participar en una competencia homóloga causó muchísimo entusiasmo y revuelo.

El sistema de competición incluyó rondas clasificatorias, eliminatorias y finales. Los partidos tuvieron una duración de 15 minutos. Los empates en tiempo regular fueron resueltos mediante una tanda de tiros penales: tres por bando.

 

Me sentí como si estuviera animando a un equipo en el estadio Maracaná. Recompensamos a nuestros jugadores con falafels y Pepsis. No era un lunch programado, pero tenían hambre y el entrenador les permitió comer la mitad de sus bocadillos y beber la mitad de sus refrescos. La emoción en sus rostros no tenía precio.
Meghan Garrity, International Rescue Comitee

 

El último día del torneo se jugaron las finales de hombres y mujeres, y luego se llevó a cabo la ceremonia oficial de premiación. No le puedo decir los nombres de los equipos ni tampoco quiénes ganaron ni cuáles fueron los premios. Los tres, si acaso cuatro medios que publicaron algo al respecto no lo mencionan. Pero entiendo el porqué y creo que estará de acuerdo conmigo: eso en realidad no importa.

Porque el Mundial de los Refugiados de Zaatari no fue una competencia de futbol, sino una proclamación. Una proclamación de entereza y determinación de esas niñas, niños y adolescentes que, pese a todo, han sobrevivido, y resisten aún.

 

 

 

Reporte sobre el Mundial en Zaatari

http://https://www.youtube.com/watch?v=NKqBfXPcsL0

El programa de futbol en Zaatari

Zaatari: el futbol como escape

http://https://www.youtube.com/watch?v=LElgqHEfd4I

Nidal, entrenador en Zaatari

¿Qué significa el futbol para los y las jóvenes en Zaatari?

Niñas sirias refugiadas desafían estereotipos con el futbol

 

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Fuentes: Foro Económico Mundial, The Guardian, BBC News, Syrian Observatory for Human Rights, Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados, Human Rights Watch, International Rescue Comitee, The Jordan Times, The Washington Post, The New York Times, France 24, CNN, Affordable Housing Institute, Asian Football Development Project, My Sporting News, Jordan Football Association, American Islamic Congress, Al Jazeera, The Daily Beast, UEFA Foundation for Children.

Imágenes: Johns Hopkins University – Arts & Sciences Magazine, Ameer Alhalbi (Walid Mashhadi), Associated Press – Mandel Ngan, Pool (Al Arabiya English), Street Football World, Tomas Koehler/Photothek, Allison Davis – Insight on Conflict by Peace Direct, Julianne Whittaker, Nadine Ajaka – International Rescuee Comitee.

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